Cuando la ideología reemplaza el criterio
Una sociedad puede llegar a un punto peligroso cuando la ideología sustituye la razón y el voto deja de ser un instrumento de selección democrática para convertirse en un acto de obediencia política.
El problema no es solamente una determinada corriente ideológica. El verdadero problema aparece cuando el ciudadano, inducido por discursos de odio, resentimiento o falsas promesas sociales, termina respaldando candidatos sin evaluar su trayectoria, preparación, integridad, resultados ni compromiso con el interés colectivo.
Así llegan a las instituciones personajes cuestionados, incompetentes o sin preparación suficiente, mientras el mérito, la experiencia y la ética quedan relegados frente al fanatismo partidista. Y cuando esa lógica se vuelve permanente, las curules pueden transformarse en espacios de clientelismo, nepotismo, tráfico de influencias y enriquecimiento injustificado.
El resultado es una paradoja: quienes prometieron combatir las desigualdades terminan construyendo nuevas élites políticas; quienes hablaron de transparencia terminan rodeados de privilegios; y quienes prometieron representar al pueblo terminan utilizando el poder para beneficiar círculos familiares, políticos y económicos.
No se trata de condenar a quienes piensan diferente. Se trata de exigir algo mucho más elemental: que el voto vuelva a estar acompañado de criterio, memoria y responsabilidad ciudadana.
Una democracia no se destruye únicamente cuando alguien roba una elección. También se debilita cuando millones de ciudadanos entregan su voto sin exigir antecedentes, capacidad, honestidad y resultados.
El cambio comienza cuando el ciudadano deja de votar por consignas y empieza a votar por principios.
JRoU
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